Tomás Guendelman, Premio Nacional 2015: Del “Lápiz de Mina” a la Inteligencia Artificial
Escribir a mano es más lento que pensar, lo que obliga al cerebro a filtrar y organizar mejor las ideas antes de que lleguen a la hoja. Esa imperfección deliberada es algo que las máquinas aún intentan disimular para sonar más humanas.
Este artículo es una metáfora aplicable a muchas otras situaciones, en las que el pasado se vincula estrechamente con el presente. No se debe restar importancia al rol de la historia. Por más de 50 años, ayudando a hijos, nietos y a sus compañeros, logré trasmitir los conceptos de la geometría que, en estos días, se ha obviado con la ayuda de programas de Inteligencia Artificial, útiles para tener resultados confiables, pero que no contribuyen a incrementar los conocimientos del usuario. Por ejemplo, entender el proceso de construcción de triángulos o encontrar lugares geométricos de puntos que satisfacen ciertas condiciones específicas.
Yo aprendí ello a los 13 ó 14 años de edad, gracias al aporte que me brindó el destacado profesor Alberto Zapata, en el Instituto Nacional, después de declararme incapaz de hacerlo a partir de las notas que tomaba en las clases del ramo. Una vez captados los conceptos que me aclaró el profesor Zapata, fui capaz de transmitirlo y hacerlo comprensible a los jóvenes que atendían mis explicaciones.
Esto que acabo de describir, pienso que aplica a la transición desde el lápiz y el papel a la Inteligencia Artificial. No se trata solo de un cambio de herramientas, sino una transformación profunda en nuestra forma de pensar, crear y recordar.
Hace cerca de quinientos años, un pastor inglés descubrió un enorme depósito de grafito puro que más parecía ser una mina de carbón o de plomo que, al juntarlo con madera, dio origen al “lápiz de mina”, cuyo nombre surge del insumo mineral de su constitución. Sel ograba libertad, pues por primera vez se podía registrar, borrar y guardar las ideas que creaba nuestra mente, dejando abandonada la “pluma de ganso” y los nefastos tinteros que, muchas veces, derramaban su contenido arruinando los textos escritos. Dos siglos más tarde, apareció la máquina de escribir, produciendo un cambio paradigmático, al cambiar la acción manual por una mecánica. La velocidad aumentó, pero se perdió el invaluable aporte del escritor quien, como siempre, agrega romanticismo y sensibilidad a su texto.
Más adelante en el tiempo, se materializó la construcción de los primeros computadores, Los textos ya no necesitaban papel ni lápices de mina. Además, surgió el “copy paste” que cuenta con muchos beneficios, pero que agregó una “lacra”: el vicio de edición infinita. Uno de los más negativos efectos de los desarrollos tecnológicos se observa en la obsolescencia de muchos lenguajes de programación, en los que destacados usuarios quedaron al margen de tareas en las que eran expertos.
El lenguaje Fortran, el primer lenguaje moderno, pasó de ser el líder absoluto a casi desaparecer, pero ha tenido un retorno sorprendente en los últimos años. El índice de popularidad TIOBE, lo ubica en el primer lugar entre los años 1957 y 1970; Top 5 en la década del 1980; Top15 en la de 1990; para seguir bajando en las décadas siguientes hasta situarse como 50 en 2020, su punto más bajo en sus casi 70 años de trayectoria. Su renacimiento se inicia en 2021 que lo ubica como Top 20 y a partir de 2023, como Top 10, tras 20 años de ausencia, posición en la que aún permanece. Su ascenso se explica por ser un lenguaje de Alto Rendimiento (HPC), tras el auge de la Inteligencia Artificial y el Big Data, consecuente con la necesidad de procesar cálculos matemáticos masivos, tema en el que Fortran sigue siendo insuperable en velocidad bruta para estas tareas. Muchas bibliotecas fundamentales de Python (como SciPy o NumPy) tienen partes críticas escritas en Fortran. El mantenimiento de esta infraestructura mantiene vivo el interés.

A diferencia de alternativas como MATLAB, Fortran es abierto, maduro y cuenta con compiladores gratuitos extremadamente optimizados. A ello se suma su evolución constante. Específicamente, la llegada de estándares como Fortran 2023 ha modernizado su sintaxis, permitiendo que nuevas generaciones lo utilicen sin la rigidez de las tarjetas perforadas de antaño.
Aunque Fortran está en el Top 10 de popularidad, según mediciones de búsquedas, cursos y usuarios, ello no significa que sea el lenguaje con más líneas de código nuevas escritas últimamente, sino que su relevancia estratégica en el mundo científico ha vuelto a ser masiva.
Como se puede apreciar, resulta muy interesante ver que los cambios que lo recuperaron también rehabilitaron a ingenieros mayores, expertos en este lenguaje en el pasado y que muchas veces no fueron considerados en tareas profesionales por no dominar lenguajes más modernos. Hoy, Fortran ha igualado e incluso superado esas barreras, con holgura y propiedad.
Asimismo, las herramientas del pasado pueden sumarse con éxito a las modernas, lo que nos obliga a estar muy atentos a preservarlas, no como un museo de antigüedades, sino por su aporte. Se puede afirmar que hemos vuelto al principio, pero con una inmensidad inimaginable de herramientas tecnológicas que permiten enviar, de manera instantánea, textos, dibujos, imágenes y videos desde un extremo a otro del planeta. No nos extrañemos entonces si, más temprano que tarde, esos envíos se propagan más allá de lo que hoy podríamos pronosticar.
Lo que aprecio de la época del lápiz y papel es el aporte positivo del error, que muchas veces se oculta y se diluye. Cada palabra escrita con tinta o grafito requería un nivel de compromiso y reflexión previa que hoy, con la edición infinita, a veces perdemos. Escribir a mano es más lento que pensar, lo que obliga al cerebro a filtrar y organizar mejor las ideas antes de que lleguen a la hoja. Esa imperfección deliberada es algo que las máquinas aún intentan disimular para sonar más humanas.
Para muchos, nada superará el placer táctil de un lápiz recién afilado y una hoja en blanco, como ocurre al construir triángulos usando el pensamiento geométrico. El lápiz de mina, al igual que la pluma de ganso, pasarán al olvido, pero quedará la huella, tal como ocurre hoy cuando recordamos —o, mejor dicho, rendimos homenaje— al humilde pastor inglés que encontró el grafito.
Simbólicamente, reemplazaremos el grafito por el silicio, y el pastor dirá: “Aquí estoy”. Hagamos el esfuerzo para que la Inteligencia Artificial no olvide el pasado y siga caminando en esa dirección.